UNA AVENTURA NOCTURNA

"Una aventura nocturna" es uno de mis cuentos favoritos de Julio Ramón Ribeyro. Aunque me jaraneo con "El banquete", me conmuevo con "Silvio en El Rosedal"; es "Una aventura nocturna" un cuento que desde el primer párrafo te prepara para desgarrarte el corazón en gajos. La infeliz vida de Arístides, "excluido del festín de la vida", no es más que un retablo del chasco de un hombre al intentar vivir. El estar excluido de toda alegría que -por más elemental que fuera- la vida nos depara, resulta ser para Arístides su rutina diaria. Algo peculiar en los cuentos de Ribeyro -quien plantea su mundo narrativo en el fracaso- es que sus personajes al final del cuento terminan peor de como empezaron. Hoy, que se recuerda a Ribeyro porque hubiera cumplido 80 años, le rindo un merecido homenaje. Disfrútenlo:


UNA AVENTURA NOCTURNA
Julio Ramón Ribeyro


A los cuarenta años, Arístides "Una aventura nocturna" podía considerarse con toda razón como un hombre "excluido del festín de la vida". No tenía esposa ni querida, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y vivía en un departamento minúsculo de la avenida Larco, lleno de ropa sucia, de muebles averiados y de fotografías de artistas prendidas a la pared con alfileres. Sus viejos amigos, ahora casados y prósperos, pasaban de largo en sus automóviles cuando él hacia la cola del ómnibus y si por casualidad se encontraban con él en algún lugar público, se limitaban a darle un rápido apretón de manos en el que se deslizaba cierta dosis de repugnancia. Porque Arístides no era solamente la imagen moral del fracaso sino el símbolo físico del abandono: andaba mal trajeado, se afeitaba sin cuidado y olía a comida barata, a fonda de mala muerte.
Seguir leyendo...

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Acababa de leer El corazón de las tinieblas (1902), y el primer sabor que me dejó, fue algo amargo. No porque el cuento (nouvelle o novela corta) haya sido malo, sino todo lo contrario. La amargura fue causada por ese desasosiego al conocer al hombre. Y es que, la obra de Conrad, posee algo intrincado de explicar con un solo adjetivo, con una sola palabra. Mientras la leemos vamos entrando, lenta y detalladamente, a ese corazón oscuro, rodeado de selva lúgubre, de chillidos antropomórficos, de soplos de hojas, de ondulaciones de un río cómplice de muertes...
Józef Teodor Konrad Korzeniowski (1857-1924), hijo de un revolucionario polaco, nació en Polonia (actualmente Ucrania).Ingresó a la Marina mercante inglesa, le otorgaron el certificado de patrón de buque y obtuvo la nacionalidad británica en 1886; al cabo de unos años cambió su nombre para que sonara más inglés. Durante la década siguiente navegó mucho, sobre todo por Oriente.
Joseph Conrad, fue un escritor tardío, es cierto. Sin embargo, y lo confirman estudiosos, sin esa experiencia como marinero, jamás hubiera escrito
El corazón de las tinieblas. La experiencia, especialmente en el archipiélago malayo y en el río Congo durante 1890, fue determinante. Su edad, acaso la indicada, fue la necesaria para elaborar una de las narraciones más logradas del siglo XX.
Luego de leer El corazón, tomé el ensayo que MVLL hace sobre la novela, titulado “Las raíces de lo humano”, en
La verdad de las mentiras (2002). El ensayo, un justo alegato a la novela, contrasta el viaje del marinero Conrad por el río Congo en 1890, con un hecho completamente repudiable que a su vez aparece en la novela: la explotación de marfil, que originó el exterminio de gran parte de la población del Estado Libre del Congo (hoy República Democrática del Congo).
¿Quién realizó esas matanzas? Leopoldo II, rey de los belgas. ¿Por qué? Por inenarrable ambición. Leopoldo II instauró el terror en el Estado Libre del Congo, y arrasó con todo aquel que no le sirviera. Desde 1885 hasta 1906, tiempo que duró aquella ola genocida, no solo exterminó con gran parte de la población sino también, y era lo que le interesaba, con la riqueza. Pero, ¿por qué nadie le reclamó y enjuició por sus abusos? En su ensayo Vargas Llosa lo explica: “Leopoldo II fue una indecencia humana, pero culta, inteligente y creativa. Planeó su operación congolesa como una gran empresa económica-política, destinada a hacer de él un monarca que, al mismo tiempo, sería un poderosísimo hombre de negocios, dotado de una fortuna y una estructura industrial y comercial tan vasta que le permitía influir en la vida política y el desarrollo del resto del mundo”. Fue “un astuto estratega de las relaciones públicas. Invirtió importantes sumas sobornando a periodistas, políticos, funcionarios, militares, cabilderos, religiosos de tres continentes, para edificar una gigantesca cortina de humo encaminada a hacer creer al mundo que su aventura congolesa tenía una finalidad humanitaria y cristiana: salvar a los congoleses de los traficantes árabes de esclavos que saqueaban sus aldeas. (…) Durante buen número de años, esta propaganda goebbelsiana tuvo efecto. Leopoldo II fue condecorado, bañado en incienso religioso y periodístico, y considerado un redentor de los negros.”
Conrad decide, en 1890, al no hallar un puesto adecuado para su rango en Inglaterra, firmar en Bruselas un contrato con “uno de los tentáculos de la Compañía de Leopoldo II, la Société Anonyme Belge para el comercio en el Alto Congo”. En aquel trabajo, el cual había previsto mantener durante tres años y sólo duró poco más de seis meses, Conrad fue testigo de las atrocidades que Leopoldo II perpetraba. Como el marinero Marlow, de su cuento, Conrad se sumergió en las tinieblas, siendo estas tan espeluznantes, que lo hicieron desistir de aquella empresa.


EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Joseph Conrad


Edición: Jorge Luis Marzo
Traducción: Sergio Pitol (Lumen)


La Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se inclinó hacia el ancla sin una sola vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la marea había terminado, casi no soplaba viento y, como había que seguir río abajo, lo único que quedaba por hacer era detenerse y esperar el cambio de la marea.
El estuario del Támesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo de un interminable camino de agua. A lo lejos el cielo y el mar se unían sin ninguna interferencia, y en el espacio luminoso las velas curtidas de los navíos que subían con la marea parecían racimos encendidos de lonas agudamente triangulares, en los que resplandecían las botavaras barnizadas. La bruma que se extendía por las orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se desvanecía suavemente. La oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más lejos aún, parecía condensarse en una lúgubre capa que envolvía la ciudad más grande ypoderosa del universo.
El director de las compañías era a la vez nuestro capitán y nuestro anfitrión. Nosotros cuatro observábamos con afecto su espalda mientras, de pie en la proa, contemplaba el mar. En todo el río no se veía nada que tuviera la mitad de su aspecto marino. Parecía un piloto, que para un hombre de mar es la personificación de todo aquello en que puede confiar. Era difícil comprender que su oficio no se encontrara allí, en aquel estuario luminoso, sino atrás, en la ciudad cubierta por la niebla.

PARA CONTINUAR LEYENDO: AQUÍ